Por Mayra Cerdeira Take.
Una
niña estadounidense de 8 años llamada Dana, era alegre y deportista, pero un
día decidió que quería bajar de peso, y empezó por dejar la comida de su madre,
luego las golosinas y la comida chatarra, y por último dejó de comer por
completo; hacía demasiado ejercicio, saltaba la cuerda, cuando se la quitaron,
corría, subía y bajaba escaleras, y si comía hacía el doble de ejercicio.
Su
madre la ingresó en una Clínica especial para el tratamiento de trastornos
alimenticios, en la cual, Dana era la paciente más joven. En el sitio, tienen
normas estrictas de levantarse a las 7:00, desayunar a las 8:00, escuela de
9:00 a 15:00 y otras actividades. Dana era obligada y supervisada para ingerir
las 2400 calorías que requiere para su desarrollo, y luego de 19 días presentó
cierta mejoría. Gente del personal mencionó que las chicas que son ingresadas
tienen problemas en la escuela o en su casa y buscan la manera de sentirse
mejor. Algunas chicas adolescentes de la Clínica comentaron sobre la anorexia: «no
es por querer ser delgada, es un grito por ayuda», «tratas de luchar contra tus
propios miedos»; también confesaron algunas de las técnicas que tenían para no
comer o para hacer creer a sus padres o al personal de la clínica que habían
ganado peso: ingerir vinagre para perder el apetito, esconder la comida hasta en
el cabello, beber agua antes de pesarse o mover las piernas para quemar
calorías. Estos son aspectos importantes que toman muy en cuenta en la clínica
y por ello les tienen prohibido separar la comida o jugar con ella, y también
deben dejar el plato limpio, porque ellas creen que una migaja menos es
engordar menos.
Durante
su tercera semana en el Centro, Dana ya tenía buenas amigas, Jazz era para ella
como una hermana mayor. Pesaba 25.3 Kg. y debía aumentar 1 Kg. por semana. La
mamá de Dana contó que en una ocasión quiso que su hija comiera un helado, pero
ésta le dijo:«no puedo, la voz no me deja... la voz me dice que fue malo y no
debo hacerlo otra vez», sobre esto su madre piensa: «es como un demonio que
hipnotiza a tu hija». Anna, –una chica afectada por el trastorno– comenta: «la
Anna anoréxica es como otra persona». Jodie, quien también comenzó a ser
anoréxica a los 8 años dice: «yo no quiero ser gorda; me gustan mucho mis
huesos; a veces pienso que sería mejor estar muerta, así nadie se preocuparía»,
–considero que por esa aseveración, el caso de esta chica, es por mucho, el más
grave, ya que no se siente capaz de evitar que se preocupen por ella, mejorando
su salud–. Una psicóloga intentó averiguar qué desencadenó la anorexia en Dana,
pero no tuvo mucho éxito:
— ¿Qué pasó?
—Quería morir,
no recuerdo por qué.
¿Qué veías
cuando te mirabas en el espejo?
—Grasa, me
sentía gorda.
— ¿En dónde te
sentías gorda?
—En todos lados.
Según
la niña no estaba preocupada, ni por la escuela ni por su familia, y simplemente
dijo: “no lo sé, pero prefiero comer que volver aquí”.
A la
octava semana podría hacer una salida con sus padres, y demostrar que podría
comer fuera de la clínica. Durante el paseo su madre notó en Dana un mayor
interés por la vida; después comió bien un plato de pescado con papas y su mamá
le dijo que comiera lo que pudiera, ya que el postre estaba medido para un
adulto, Dana intentó comerlo todo como en la clínica, pero no pudo, y creo que
de haberlo hecho podría haberse indigestado y habría sido muy contraproducente.
Jazz opinó acerca de Dana: «si come sólo para salir, sin sacar sus problemas,
tendrá que volver; no quería decir nada para que no se dieran cuenta».
En la
novena semana de terapia se dieron sesiones grupales guiadas por una psicóloga,
quien dijo que la anorexia les impide comunicarse normalmente. Sobre esto, una
chica llamada Bryony compartió que sus problemas comenzaron cuando su madre y
su padre se volvieron a casar y tuvo una hermanastra por parte del último, pero
ahora había aprendido que necesitaba hablar y decir cómo se sentía. Michelle,
cuando empezó a enfermar, tenía la piel muy pálida, y mucho miedo de comer
budines, galletas, chocolate y hasta pan, se dio cuenta de que moriría, en este
caso considero que esta chica tenía, a pesar de todo, un auto-aprecio alto y
conciencia del daño que sus actos le causaban, cosa que lamentablemente no
siempre se da.
A las
doce semanas de tratamiento, Dana alcanzó su peso ideal y pudo volver a casa.
Encargadas de la clínica comentaron que desgraciadamente hoy en día los niños
están expuestos a temas de conversación sobre dietas, malos hábitos, ejercicio,
etc., que el 75% de los niños de 7 años (de Estados Unidos) quisieran ser más
delgados, y que la cura de la anorexia lleva de 1 a 3 años, pero es muy fácil
que regrese.
Después
de tres semanas en su casa, Dana dijo que extrañaba a sus amigas de la clínica
pero que creía que no era anoréxica. Su madre, analizó que pudieron ser dos los
factores que llevaron a su hija a caer en la anorexia: que veía un programa
para bajar de peso, llamado:«Los
perdedores más grandes de América», y el hecho de que su hermana mayor
estaba siguiendo dietas; a estos aspectos la madre de Dana nunca dio
importancia, y ahora con tristeza admite que nunca podrá volver a estar
tranquila, porque deberá calcular todo lo que coma su hija. Bryony para
terminar apunta: «el demonio siempre estará ahí, debo evitar que me controle».
En conclusión, considero que la revisión de este tipo de casos, resulta
útil a psicólogos y futuros psicólogos para identificar cuáles son las posibles
causas que desencadenan la anorexia, los síntomas, el tratamiento que se le da,
la evolución y la perspectiva de las jóvenes afectadas; y también que es
importante para el público en general, en especial para los padres de familia,
llevar a la práctica el mensaje de alerta, estando siempre muy al pendientes de
lo que sus hijos ven y escuchan de los amigoso a través de los medios de
comunicación –los cuales suelen estar cargados de estereotipos alrededor de la
belleza–,y las conversaciones que se producen frente a ellos, ya que si bien,
la anorexia tiene un componente genético, el ambiente en la mayoría de los
casos, es el desencadenante del padecimiento; y por supuesto, estar muy al
pendiente también de los hábitos alimenticios y físicos de sus hijos, no
solamente de los adolescentes, sino también de los niños.
Fuente: «8 años y anoréxica». Discovery
Home &Health.









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